En València, la huerta está ubicada en un suelo que ha tardado miles de años en formarse, resultado de las diferentes crecidas y aportes de sedimentos del río Turia. Este paisaje y sus suelos, ricos en materia orgánica, son la cuna de toda una ciudad, y son símbolo patrimonial e identidad de todos los valencianos.
Las habitantes que han poblado estas tierras han cultivado alimentos, consideradas de una fertilidad extrema, y también las han habitado y cultivado, conviviendo durante muchas décadas de manera sostenible, construyendo canales, acequias y enriqueciendo el valor agronómico de la huerta con la riqueza patrimonial, etnológica y social, construyendo modos de vida completamente únicos y arraigados al territorio.
Los paisajes agrícolas, especialmente los periurbanos, son mucho más que tierras de cultivo. Atesoran un gran patrimonio cultural y etnológico, y ofrecen ejemplos de organización social completamente arraigada al territorio de un valor incalculable. Pero, además, en un contexto como el que vivimos en el que ya sufrimos los efectos del cambio climático, tienen un valor incalculable como zonas de infiltración de aguas, de regulación climática y refugios de biodiversidad. Mientras otras ciudades y regiones del mundo cambian su política territorial para restaurar este tipo de paisajes, los valencianos ya los tenemos, hemos convivido con ellos durante siglos, y ahora se ven gravemente amenazados. Inconcebible.